—Yo, nada. Si lo quiere, tómelo.
—Muy bien. Haré una cabaña para mi huerta.
Se fué, pero yo le llamé para decirle: «También ha dejado el caballo y sus dos perros. ¿Los quiere?». Se quedó un momento sin contestar, pero al fin dijo: «No, de ninguna manera. ¿Qué quiere que haga con ellos? Disponga de todo como se le antoje...». Se puso á reir, y me tendió la mano que yo estreché. Qué quieren; en un pueblo, el médico y el boticario no pueden ser enemigos.
Yo tengo los dos perros. El cura, que tiene un patio grande, se quedó con el caballo. El carro sirve de cabaña á Chouquet, y con el dinero ha comprado cinco acciones del ferrocarril.
Ése es el único amor profundo que he encontrado en mi vida».
El médico calló.
Y la marquesa, que tenía los ojos lleno de lágrimas, suspiró y dijo: «Decididamente, sólo las mujeres saben querer».
DIONISIO
I
El señor Marambot abrió la carta que su criado Dionisio le entregaba, y sonrió.