Hacía veinte años que Dionisio estaba en la casa y era un hombrecito tripudo y jovial, que en la comarca se citaba siempre como modelo de criados. Viendo sonreir á su amo, preguntó:
—¿El señor está contento? ¿El señor ha tenido buenas noticias?
Marambot no era rico. Farmacéutico de aldea, retirado y solterón, vivía con una corta rentita penosamente adquirida vendiendo drogas á los labradores. Á la pregunta de Dionisio contestó:
—Sí, una buena noticia. El tío Malois retrocede ante el pleito con que le amenazo, y mañana recibiré mi dinero. Cinco mil francos siempre vienen bien.
Y el señor Marambot se frotó las manos. Era hombre de carácter resignado, más triste que alegre, incapaz de producir un esfuerzo prolongado, y perezoso hasta para sus negocios.
Es muy cierto que hubiera podido ganar más aprovechando la muerte de compañeros suyos establecidos en centros de importancia, yendo á ocupar su puesto y quedándose con sus parroquianos; pero la idea de las diligencias que precisaba hacer y las contrariedades de la mudanza le habían retenido constantemente, y, después de dos ó tres días de pensarlo, se decía:
—La próxima vez. Nada se pierde con esperar, y tal vez encuentre algo más conveniente.
Por el contrario, Dionisio pretendía llevar á su amo por el camino de los negocios. Muy activo, muy enérgico, repetía constantemente:
—Si yo hubiese tenido un capital inicial, hubiera hecho fortuna. Mil francos nada más y hoy sería rico.
Marambot sonreía, no contestaba, y salía al jardinito por donde paseaba con las manos cruzadas por detrás y siempre pensando en las musarañas.