Aquel día, Dionisio lo pasó cantando canciones de su tierra y, al parecer, contentísimo. Y estuvo haciendo gala de inusitada actividad, limpiando todos los cristales de la casa y frotándolos con ardor.

Marambot, asombrado ante tanto celo, sonrió varias veces, y dijo:

—Muchacho, si así trabajas todo el día, mañana no tendrás nada que hacer.

Al día siguiente, á las nueve, el cartero entregó á Dionisio cuatro cartas para su amo, una de las cuales pesaba mucho. Inmediatamente, Marambot se encerró en su habitación y no salió de ella hasta media tarde, que envió á su criado al correo para que franquease cuatro sobres. Uno iba dirigido á Malois, y sin duda contenía el recibo del dinero.

Dionisio no preguntó nada á su amo, que estaba tan triste y sombrío como alegre había estado la víspera.

Llegó la noche, y Marambot, á la hora de costumbre, se acostó y se durmió.

Ruido extraño le despertó. Se sentó en la cama y escuchó atentamente. La puerta se abrió de pronto, y en el hueco apareció Dionisio con una bujía en la mano, un gran cuchillo de cocina en la otra, fijos los ojos, mejillas y labios contraídos como los de aquellos á quienes agita terrible emoción, y tan pálido que parecía un espectro.

Marambot, sin comprender una jota de todo aquello, le creyó víctima de un ataque de sonambulismo, y ya se disponía á levantarse para correr á su encuentro, cuando el criado mató la luz de un soplo y se precipitó hacia la cama. Su amo tendió las manos hacia delante para amortiguar el choque que le tendió boca arriba, y procuró sujetar los brazos del criado, al que entonces creía víctima de un ataque de locura, con objeto de parar los precipitados golpes que le asestaba.

La primera herida la recibió en el hombro, la segunda en la frente y la tercera en el pecho. Y luchaba desesperadamente, agitándose en la obscuridad, dando puntapiés en todas direcciones y gritando:

—¡Dionisio! ¡Dionisio! ¿Te has vuelto loco? Vamos, Dionisio...