Pero el otro, jadeante, se encarnizaba, y aunque rechazado por un puntapié unas veces, por un puñetazo otras, volvía á la carga con furia. Y Marambot recibió aún dos heridas en las piernas y una en el vientre; pero como una idea acudiese repentinamente á su imaginación, dijo gritando:

—Acaba, acaba Dionisio, no he recibido el dinero.

Y el hombre se detuvo instantáneamente, y su amo oyó su respiración que parecía un silbido.

Marambot añadió:

—No he recibido nada: Malois se desdice, y pleitearemos; por esto te he enviado con tantas cartas al correo. Pero, mejor será que leas las que están encima de mi escritorio.

Y haciendo un esfuerzo supremo, se apoderó de los fósforos que tenía en la mesita de noche y encendió la vela.

Estaba cubierto de sangre, y la pared estaba llena de salpicaduras. Las sábanas y las cortinas parecían rojas, y Dionisio, ensengrantado también, estaba de pie en medio de la habitación.

Cuando Marambot vió todo esto, se creyó muerto y perdió el conocimiento.

Volvió en sí al romper el alba, y parmaneció largo rato sin recobrar el sentido ni comprender ni acordarse de nada. Pero de pronto, el recuerdo del atentado y el de las heridas volvió á su imaginación, y el miedo que se apoderó de él fué tan grande, que, para no ver nada, cerró los ojos. Pasados los primeros minutos de horrible espanto, se calmó y empezó á reflexionar. No estaba muerto, y por lo tanto aún podía salvarse. Se sentía débil, muy débil, y aunque en distintas partes de su cuerpo le molestaban dolores agudos como pinchazos, el sufrimiento se podía soportar. También se sentía helado, mojado y oprimido, como si innumerables vendas le estrechasen por todas partes. Creyó que la humedad era ocasionada por la sangre vertida y estremecimientos de angustia le sacudieron al pensar en el rojo líquido que de sus venas había salido para empapar la cama. La idea de presenciar otra vez aquel horrible espectáculo le alteraba lo indecible, y permanecía con los ojos cerrados, apretando los párpados con fuerza, como si fuesen á abrirse á pesar suyo.

¿Qué había sido de Dionisio? Probablemente habría escapado.