Pero, él, Marambot, ¿qué haría? ¿Pediría socorro á gritos? Ahora bien, era indudable que al hacer un solo movimiento sus heridas se abrirían de nuevo y caería muerto, extenuado, sin una gota de sangre en las venas.

De pronto oyó que abrían la puerta de su habitación, y su corazón cesó de latir. Seguramente era Dionisio que venía á rematarle. Contuvo la respiración para que el asesino le creyese del todo muerto, pero sintió que levantaban las sábanas y que le palpaban el vientre. Dolor vivísimo, cerca de la cadera, le hizo estremecer... Con mucha suavidad le lavaban con agua fresca. Sin duda habían descubierto el crimen y le cuidaban para salvarle. Loca alegría se apoderó de él; pero por prudencia, y para no dar muestras de haber recobrado el conocimiento, no hizo más que entreabrir un ojo, uno solo, y eso tomando infinitas precauciones.

Á un lado, y de pie, reconoció á Dionisio, á Dionisio en persona. ¡Misericordia! Y precipitadamente, volvió á cerrar el ojo.

¡Dionisio! ¿Qué hacía á su lado? ¿Qué quería? ¿Qué horrible proyecto podía alimentar aún?

¿Qué hacía?... ¡Pues le estaba lavando para que desapareciesen las huellas! ¿Se propondría enterrarle en el jardín, dos metros bajo tierra, para que nadie le encontrase?

Y Marambot se puso á temblar tan fuerte, tanto, que todos sus miembros palpitaban.

Se decía para su capote: «Estoy perdido, perdido». Y apretaba los párpados desesperadamente para no ver cómo le asestaban la última puñalada. No la recibió. Entre tanto, Dionisio le levantaba, le cubría con una sábana, y le curaba la herida de la pierna con escrupuloso cuidado, como había aprendido á hacerlo en los tiempos en que su amo ejercía de farmacéutico.

Un hombre del oficio no podía vacilar ni un instante: su criado, después de haber intentado matarle, quería salvarle.

Y entonces Marambot, con voz doliente, le dió un consejo práctico:

—Haz los lavados y las curas con agua cortada con alquitrán saponificado.