Este recuerdo, que conmovió hasta el fondo del alma á Marambot, hizo que se le llenasen los ojos de lágrimas.

El abogado lo advirtió, extendió los brazos desplegando las anchas mangas de su toga, negras como las alas de un cuervo, y con entonación vibrante exclamó:

—Fíjense, fíjense los señores jurados en esas lágrimas. Ahora ¿qué podré decir en favor de mi defendido? ¿Qué discurso, qué razonamientos y qué argumentos han de tener más fuerza que esas lágrimas de su amo? Dicen mucho más de lo que yo puedo decir, y hablan más alto que la ley. Esas lágrimas dicen á gritos: «¡Perdón para el insensato de una hora!» Esas lágrimas imploran, absuelven, bendicen...

Y se calló.

Entonces el presidente se volvió hacia Marambot, cuya declaración había sido excelente para su criado, y le preguntó:

—Pero en fin, caballero, aun admitiendo que usted haya considerado á ese hombre como á un demente, eso no explica que le conservase á su lado, pues no por esto dejaba de ser peligroso.

Á lo que Marambot, enjugándose los ojos, contestó:

—Qué quiere el señor presidente... en estos tiempos es tan difícil encontrar buenos criados, que seguramente hubiese perdido cambiando.

Y Dionisio fué absuelto, y por cuenta de su amo le enviaron á una casa de orates.

EL CORDELITO