Bruscamente le dijo:

—Señora, no tenga usted miedo.

Ella no contestó, pues ni podía abrir la boca, y el corazón le latía con violencia y los oídos le zumbaban.

Entonces él repuso:

—Señora, no soy ningún malhechor...

Ella seguía callada, pero no pudiendo contener un movimiento brusco, juntó las rodillas y el oro cayó sobre la alfombra como el agua cae por un canalón.

El hombre, sorprendido, contempló aquella cascada de metal y se inclinó para recogerlo.

Entonces ella, asustada, se levantó dejando caer toda su fortuna y corrió á la portezuela para arrojarse á la vía. Pero él comprendió lo que iba á hacer, y cogiéndola por las muñecas la obligó á sentarse. Con voz muy baja y muy precipitadamente le dijo: «Escúcheme señora, y no se asuste. Yo no soy ningún malhechor, y la prueba está en que voy á recoger ese dinero para devolvérselo. Pero, si usted no me ayuda á pasar la frontera, soy hombre perdido, hombre muerto. No puedo decirle más. Dentro de una hora llegaremos á la última estación, dentro de hora y media saldremos del Imperio, y si usted no me socorre, estoy perdido. Y sin embargo, señora, ni he robado, ni matado, ni hecho nada contrario al honor. Eso se lo juro, pero no puedo decirle más».

Y poniéndose de rodillas recogió el oro por debajo de los asientos, buscando hasta las monedas que habían rodado por los rincones, y cuando el saquito de cuero volvió á estar lleno, se lo entregó á su vecina sin decir palabra y volvió á sentarse al extremo opuesto del coche.

Ninguno de los dos se movía. Ella permanecía inmóvil y muda, desfallecida aún por el terror, pero tranquilizándose poco á poco. Él no hacía ni un gesto, ni un movimiento y permanecía rígido, con los ojos muy fijos, y tan pálido que parecía un cadáver. De cuando en cuando ella le miraba con mirada brusca que desviaba en seguida. Era un hombre de treinta años aproximadamente, muy hermoso, y por las apariencias parecía un perfecto caballero.