El tren corría dentro de las tinieblas, lanzando sus desgarradores silbidos en medio de la noche, aminorando á veces la marcha y corriendo luego con loca velocidad; mas de pronto fué disminuyendo la marcha, silbó varias veces, y se paró.

Yván apareció en la portezuela.

La condesa María, con voz temblosa, después de haber mirado fijamente á su compañero, dijo bruscamente á su servidor:

—Yván, volverás con el conde pues ya no te necesito.

El criado abrió enormemente los ojos, y como si no hubiese comprendido bien murmuró:

—Pero... barina...

—No, he cambiado de modo de pensar y no vendrás: quiero que te quedes en Rusia. Ahí tienes dinero para el regreso, pero déjame tu gorra y tu abrigo.

El viejo criado se descubrió y tendió su abrigo sin contestar, acostumbrado á obedecer á los mandatos repentinos y á los irresistibles caprichos de sus amos, pero al alejarse se le llenaron los ojos de lágrimas.

El tren se puso otra vez en marcha dirigiéndose velozmente hacia la frontera. Entonces, la condesa María dijo á su vecino:

—Esto es para usted, caballero: usted es mi criado Yván. Para hacer lo que hago sólo pongo una condición, y es que ni me hablará nunca, ni nunca me dirigirá la palabra para darme las gracias ni con otro motivo cualquiera.