El desconocido, sin pronunciar palabra, se inclinó.
Pronto se detuvieron de nuevo, y funcionarios vestidos de uniforme visitaron el tren. La condesa les presentó sus papeles, y señalando al hombre que estaba sentado en el fondo del coche dijo:
—Mi criado Yván; aquí está su pasaporte.
El tren se puso de nuevo en marcha, y toda la noche estuvieron frente á frente, mudos los dos.
Por la mañana, al pararse en una estación alemana, el desconocido se apeó, pero deteniéndose junto á la portezuela dijo:
—Perdóneme, señora, si rompo mi promesa, pero la he privado de su criado y es justo que le reemplace. ¿Necesita usted algo?
Ella, muy fríamente, respondió:
—Vaya usted á buscar á mi doncella.
Y él fué desapareciendo en seguida.
Cuando ella bajaba en alguna estación le veía contemplándola desde lejos; y así llegaron hasta Mentón.