De manera que se quedó sola en esta casucha aislada, lejos de la ciudad, y junto al bosque. Por lo demás, la vieja aquella no conocía el miedo, era de la misma raza que los hombres de su familia, y con ella no se podía jugar. No se reía casi nunca, tal vez porque las mujeres del campo rien poco. ¡Eso es cosa de hombres! Las mujeres tienen alma triste y limitada como limitada y triste es su vida. Los hombres se acostumbran algo á la alegría en la taberna, pero sus compañeras siempre están serias y nunca abandonan la severidad. ¡Los músculos de su rostro no conocen los movimientos de la risa!
La vieja Salvaje continuó viviendo en su choza como había vivido de ordinario, y cuando llegó la época de las nieves venía una vez por semana á la aldea para hacer sus provisiones de pan y carne; luego, se encerraba de nuevo en su morada. Cuando se hablaba de lobos, salía al campo armada con la escopeta de su hijo, escopeta que el uso había enmohecido y que tenía la culata gastada por el roce de las manos; daba gusto verla, algo encorvada, andando á zancadas por la nieve, con el cañón del arma sobresaliendo por encima de la negra cofia que aprisionaba sus blancos cabellos que nadie había visto.
Llegaron los prusianos que fueron distribuidos entre los habitantes según la fortuna ó los recursos de cada uno de ellos, y á la vieja, que tenía fama de rica, le correspondieron cuatro.
Eran cuatro mocetones con carne blanca, barba rubia, ojos azules, que á pesar de las fatigas experimentadas seguían estando gordos, y que, aun en país conquistado, se portaban como buenos muchachos. Encontrándose solos en casa de aquella anciana la colmaron de atenciones, y en lo posible, le evitaron fatigas y gastos. Por la mañana, los cuatro se lavaban en el pozo, frotando y escamondando con el agua cruda de las nieves sus blancas carnes de hombres del norte, mientras la vieja Salvaje iba y venía preparando la comida. Luego limpiaban la cocina, los cristales, cortaban leña, mondaban patatas, lavaban ropa, y en la casa trabajaban como podían trabajar cuatro hijos buenos alrededor de su madre.
Pero allá en el fondo de sus pensamientos, la pobre vieja no olvidaba ni un momento á su hijo, el laruguirucho y delgado, el de ojos negros y bigote espeso, y preguntaba diariamente á los soldados instalados en su hogar:
—¿Saben dónde se encuentra el regimiento de línea número veintitrés? Mi hijo está en él...
Ellos contestaban que no sabían nada absolutamente. Y comprendiendo sus pesares y sus inquietudes, ellos, que habían dejado también á sus madres, la rodeaban de mil cuidados. Ella quería á sus cuatro enemigos porque la gente del campo no siente los odios patrióticos, pues eso es pertenencia de las clases superiores. Los humildes, los que pagan más por ser los más pobres y aquellos á quienes cada carga nueva abruma, aquellos á quienes se mata á centenares y forman la verdadera carne de cañón por ser los más numerosos, los que sufren horriblemente á causa de las miserias de la guerra, no comprenden el ardor bélico, ni el honor excitable, ni esas pretendidas combinaciones políticas que en seis meses agotan á dos naciones, la vencedora y la vencida.
En el lugar, al ocuparse de los alemanes que vivían con la vieja Salvaje, se decía:
—Esos cuatro están como en su casa.
Ahora bien, una mañana que la vieja estaba sola, distinguió á lo lejos y en la llanura, á un hombre que se dirigía hacia su casa. No tardó en reconocerle: era el cartero del lugar quien le entregó un papel doblado. Sacó de su estuche las antiparras que utilizaba para coser, y leyó: