«Señora: la presente la escribo para comunicarle una triste noticia. Su hijo Víctor fué muerto ayer por una bala de cañón que materialmente le partió en dos pedazos. Yo estaba muy cerca, puesto que estaba á su lado en la compañía, y precisamente me estaba diciendo que, si ocurría una desgracia, la avisase en seguida.

«De su bolsillo cogí el reloj para llevárselo cuando la le guerra termine.

«La saluda amistosamente,

Cesáreo Rivot,
«Soldado de 2ª clase del 23 de línea».

La carta traía fecha de hacia tres semanas.

La vieja no lloró, quedóse inmóvil y tan emocionada que ni siquiera sufría. La infeliz pensaba: «Ahora han muerto á Víctor». Luego, poco á poco las lágrimas acudieron á sus ojos, y su corazón se inundó de dolor. Una á una las ideas fueron acudiendo á su imaginación, ideas espantosas, torturadoras. ¡Ya no abrazaría ni besaría á su hijo nunca más, nunca más! Los gendarmes habían matado al padre; los prusianos habían matado al hijo... Una bala de cañón le había partido en dos pedazos... Y creía ver la cosa, la cosa horrible... la cabeza cayendo, cayendo con los ojos abiertos, mientras mordía una de las guías del bigote como solía hacer cuando se encolerizaba.

Y, ¿qué habrían hecho con el cuerpo?

¡Si por lo menos le hubiesen traído al hijo como le habían traído al padre, con la frente taladrada por un balazo!

Ruido de voces vino á interrumpirla en sus reflexiones. Eran los prusianos que volvían de la aldea. Metióse rápidamente la carta en el bolsillo y los recibió con tranquilidad, como tenía por costumbre, pues le habían dado tiempo para secarse los ojos.

Los cuatro venían riendo, encantados, pues traían un conejo soberbio, que sin duda habían robado, y hacían señas á la vieja indicándole que iban á comer cosa buena.