Inmediatamente se puso á trabajar para preparar el almuerzo, pero cuando fué preciso matar el conejo le fallaron las fuerzas y el valor. Y sin embargo, había matado muchos... Uno de los soldados acabó con él de un soberano puñetazo en la nuca, y una vez muerto el animalillo sacó de la piel el rojo cuerpo: pero la vista de la sangre, sangre templada que le cubría las manos y que sentía enfriarse y coagularse, la hacía temblar de pies á cabeza... Y constantemente veía ante sus ojos á su hijo, partido en dos y ensangrentado, como aquel animal todavía palpitante.
Se sentó á la mesa con sus prusianos, mas no pudo comer nada. Ellos devoraron el conejo sin ocuparse de la vieja, y ésta les miraba de soslayo, sin hablar, madurando una idea, y con tanta impasibilidad que no pudieron advertir nada.
Repentinamente preguntó: «Pronto hará un mes que estamos juntos y no conozco más que sus nombres de pila. ¿Y sus apellidos?». Difícilmente comprendieron lo que ella quería, mas al fin terminaron por decir como se llamaban. Pero eso no bastó: preciso fué que escribiesen sus nombres, en un papel y, con los nombres, las señas de sus familias. Atentamente se fijó en aquella letra desconocida y, doblando luego el papel se lo metió en el bolsillo en que guardaba la carta anunciadora de la muerte de su hijo.
Cuando la comida hubo terminado, la vieja dijo á sus huéspedes:
—Voy á trabajar para ustedes.
Y empezó á subir haces de heno al granero donde dormían.
Este trabajo les extrañó, pero como ella les explicara que lo hacía para que tuviesen menos frío, la ayudaron. Y amontonaron haces hasta el techo de bálago, construyéndose una especie de habitación, caliente y perfumada, en la que durmieron maravillosamente.
Por la noche, viendo que la vieja Salvaje tampoco comía, uno de ellos se inquietó. Ella afirmó que le dolía el estómago, encendió luego buena lumbre para calentarse, y los cuatro alemanes subieron á su morada por la escalera de mano que utilizaban todas las noches.
En cuanto se hubo cerrado la trampa, la vieja retiró la escalera, abrió luego, sin hacer ruido, la puerta que daba al campo y entró haces de paja hasta llenar completamente la cocina. Andaba descalza por la nieve y con tanto cuidado que no se la oía, y de cuando en cuando interrumpía su tarea para escuchar los sonoros y desiguales ronquidos de los cuatro soldados.
Cuando juzgó que los preparativos eran suficientes arrojó uno de los haces en el hogar, y cuando estuvo encendido, lo esparció sobre los otros y volvió á salir.