Segundos después, violenta claridad iluminó el interior de la choza que no tardó en convertirse en gigantesco brasero, en horrible horno ardiente cuyos resplandores salían por la estrecha ventana, derramando sobre la nieve sus esplendentes rayos.
Un grito espantoso resonó en la parte alta de la casa, grito que se convirtió en rugidos humanos, en desgarradoras llamadas de angustia y horror. La trampa se hundió y un torbellino de llamas se elevó hacia el granero, prendió en el techo de bálago, subió al cielo como inmensa llama de antorcha, y la choza entera ardió.
En el interior no se oía más que la crepitación del incendio, los crujidos de los muros, y el ruido de las vigas al hundirse. El techo se desplomó, y el esqueleto ardiente de la morada lanzó al aire, en medio de una nube de humo, inmenso penacho de chispas.
El campo, blanco é iluminado por el incendio, semejaba una inmensa sábana de plata teñida de rojo, y el imponente silencio fué roto por el sonido de una campana que empezó á doblar á lo lejos.
La vieja Salvaje seguía de pie, ante su morada destruida, armada con su fusil, el de su hijo, por temor á que escapase alguno de los hombres.
Cuando vió que todo había terminado, arrojó el arma al brasero. Una detonación resonó.
Llegaron gentes, labradores y prusianos, y encontraron á la mujer, tranquila y satisfecha, sentada junto al tronco de un árbol.
Un oficial alemán, que hablaba francés como si hubiese nacido en Francia, le preguntó:
—¿Dónde están los soldados?
—¡Ahí dentro!