La gente se agrupó en torno suyo, y el prusiano volvió á preguntar:
—¿Cómo ha prendido el fuego?
Y ella contestó:
—Yo he incendiado la casa.
Nadie la creyó pensando que el desastre la había vuelto loca, pero, como todos la rodeaban y la escuchaban, refirió lo ocurrido desde la llegada de la carta hasta el último grito de los hombres que morían abrasados, sin olvidar un detalle.
Cuando hubo terminado sacó dos papeles del bolsillo, y para distinguirlos á los últimos resplandores del incendio, se puso las gafas. Y enseñando uno dijo: «Éste anuncia la muerte de Victor», y enseñando el otro y designando las ruinas con un movimiento de cabeza, añadió: «Aquí están sus nombres y las señas de sus familias para que se les escriba». Y muy tranquilamente tendió la hoja blanca al oficial, que la sujetaba por los hombros, y añadió:
—Escriba usted diciendo cómo se ha producido el incendio, y diga á sus padres que yo, Victoria Simón, la Salvaje, he prendido el fuego. No lo olvide.
El oficial dió órdenes en alemán. La cogieron, la colocaron contra los muros de la casa, todavía calientes, y á veinte metros de ella se alinearon varios hombres. Ella no se movió, había comprendido y esperaba.
Oyóse una orden á la que siguió una descarga, y un tiro retrasado sonó después.
La vieja no cayó; como si le hubiesen cortado las piernas, no hizo más que agacharse.