El oficial prusiano se acercó. Casi estaba partida en dos, y con su crispada mano agarraba una carta bañada con sangre.

Y mi amigo Serval añadió:

—Los alemanes, á guisa de represalias, destruyeron el castillo que me pertenece.

Yo pensé en las madres de los cuatro muchachos que allí habían muerto abrasados, y en el atroz heroísmo de la otra madre fusilada contra la pared...

Y recogí una piedrecita todavía ennegrecida por el fuego...

EL BARRILITO

Chicot, el hostelero de Epreville, detuvo su tílburi ante la alquería de la tía Magloria. Era un mocetón de cuarenta años, pelirrojo y gordo, que tenía fama de listo.

Ató el caballo á la valla y penetró en el patio. Poseía unas tierras que lindaban con las de la vieja, que hacía mucho tiempo deseaba comprarle, y aun cuando le había hecho proposiciones en veinte ocasiones distintas, Magloria se había negado obstinadamente á aceptarlas.

—Aquí he nacido y aquí quiero morir—decía.

La encontró sentada á su puerta y ocupada en mondar patatas. Tenía setenta y dos años, y aunque estaba muy flaca, muy arrugada y muy encorvada, se conservaba tan ágil como cuando era joven. Chicot le dió amistosamente unos golpecitos en la espalda, y se sentó á su lado.