—¡Hola, buenos días! ¿La salud es buena?

—Bastante regular, bastante regular ¿y tú Próspero?

—¡Eh! Algunos dolorcitos; sin eso, todo iría á pedir de boca.

—Pues ya es algo...

Y no dijo más. Chicot la estuvo mirando mientras trabajaba. Sus dedos retorcidos, nudosos y duros como las patas de un cangrejo, cogían cual pinzas los grisáceos tubérculos que estaban en una cesta, y los hacían girar rápidamente mondándolos con el viejo cuchillo que en la otra mano tenía; y cuando la patata á puro de pelada estaba amarilla, la metía en un cubo de agua. Tres gallinas, una tras otra, venían atrevidamente á picotear los despojos, llegando hasta la misma falda, y luego, con su botín en el pico, huían á todo correr.

Chicot parecía inquieto, ansioso, molesto, como quien tiene en la lengua algo que no quiere ó no se atreve á salir. Al fin se decidió y dijo:

—Oiga, tía Magloria...

—¿Qué quieres?

—¿Sigue decidida á no venderme esta finca?

—¡Vendértela! Eso no. No pienses en ello: he dicho que no, y siempre será lo mismo.