—El caso es que se me ha ocurrido una combinación que puede contentarnos y satisfacernos á los dos.
—¿Cuál?
—Pues ésta. Usted me la vende, y á pesar de vendérmela, la finca sigue siendo suya. ¿No comprende?
La vieja dejó de mondar las patatas para fijar en el hostelero sus ojos vivísimos. Él añadió:
—Pues voy á explicarme. Yo le doy ciento cincuenta francos todos los meses. Comprenda bien; todos los meses yo le traigo aquí, con mi tílburi, treinta escudos de á veinte, y eso no cambia nada las cosas, nada; usted continúa en su casa sin ocuparse de mí y sin deberme nada absolutamente. Usted no hace más que tomar mi dinero. ¿Le conviene?
Chicot la miraba sonriendo, como si estuviese de muy buen humor.
La vieja, temiendo una encerrona, le miraba con desconfianza. Poco después le preguntó:
—Bueno, esto para mí, pero á ti, ¿te doy la finca?
—Eso no la preocupe—replicó el hostelero.—Usted continúa aquí mientras Dios le conceda vida, y aquí está usted en su casa. Únicamente me hará un papelito en casa del notario, para que á su muerte la alquería me pertenezca. Usted no tiene hijos, no tiene más que sobrinos á los que no profesa gran cariño. ¿Le conviene? Conserva usted la finca mientras viva, y yo le doy treinta escudos de á veinte cada mes. Todo es beneficio para usted.
La vieja quedó sorprendida, inquieta, pero tentada.