—No digo que no—replicó.—Pero quiero pensar eso con detenimiento. Vuelve la semana que viene, hablaremos, y te diré lo que habré pensado.
Chicot se fué, más contento que un rey que acabase de conquistar un imperio.
Y la vieja Magloria se quedó pensativa. Por espacio de cuatro días estuvo vacilante y febril. En todo aquello presentía algo malo para ella, pero los treinta escudos de á veinte, y por mes, ese hermoso dinero contante y sonante que vendría á meterse en el bolsillo de su delantal, y que le caería del cielo, sin hacer nada, la llenaban de deseos.
Entonces se fué á casa del notario y le contó lo que le sucedía. El notario la aconsejó que aceptase la proposición de Chicot, pero diciéndole que en vez de treinta escudos debía exigirle cincuenta, pues calculando por lo bajo, su finca valía sesenta mil francos.
—Y aun así, si usted vive quince años,—decía el notario—sólo dará cuarenta y cinco mil francos por ella.
La perspectiva de cincuenta escudos de á veinte y mensuales, estremeció á la pobre vieja, pero desconfiando siempre, temiendo mil cosas imprevistas y mil astucias ocultas, allí estuvo hasta la noche haciendo preguntas y no pudiendo decidirse á marcharse. Por fin, ordenó que preparasen la escritura y volvió á su casa más mareada que si hubiese bebido cuatro jarros de sidra nueva.
Cuando Chicot volvió por la contestación se hizo rogar mucho tiempo, diciendo que no quería, pero en realidad roída por el miedo de que el otro no quisiese dar las cincuenta monedas de á veinte. Pero como él insistía, enunció sus pretensiones.
Chicot se negó rotundamente.
Y entonces, para convencerle, ella se puso á hablar de la duración probable de su vida.
—Es seguro que no viviré más de cinco ó seis años. Ya tengo setenta y tres, y no estoy muy fuerte. Sin ir más lejos, la otra tarde creí que me moría. Parecía que me vaciaban el cuerpo y tuvieron que llevarme á la cama.