Pero Chicot no se dejaba coger.

—Vamos, vamos—decía.—Está usted más fuerte que el campanario de la iglesia y llegará á los ciento diez. Estoy convencido de que me enterrará.

Pasaron la tarde discutiendo, pero como la vieja no cedía, el hostelero se conformó, dando los cincuenta escudos de á veinte.

Y al día siguiente firmaron la escritura, y la vieja exigió diez escudos para mojar el convenio.

Pasaron tres años. La buena mujer disfrutaba de salud excelentísima, no pasaban días para ella y Chicot se desesperaba. Le parecía que pagaba la renta desde hacía más de medio siglo, y que al equivocarse en sus cálculos se había arruinado. De tiempo en tiempo iba á verla como en julio se va á los campos para ver si el trigo está maduro y á punto de siega, y ella le recibía con la malicia retratada en los ojos. Cualquiera hubiese creído que estaba orgullosa de la partida que le estaba jugando, y él se alejaba en su tílburi murmurando con rabia:

—Vieja maldita, no reventarás nunca...

Y no sabía qué hacer: al verla le entraban ganas de estrangularla. La odiaba con odio feroz, terrible: odio de labrador robado.

Entonces empezó á pensar y á buscar medios para que aquello terminase.

Un día volvió frotándose las manos, como la primera vez que le había propuesto el negocio.

Después de haber hablado un rato le dijo: