—¿Por qué, cuando pasa por Épreville, no viene á comer á casa? La gente lo ha observado y murmura diciendo que ya no somos amigos. Eso me molesta, y ya sabe usted que en mi casa no ha de pagar pues no soy hombre que repara en una comida. Venga cuantas veces quiera con la seguridad de que me dará un alegrón.
Magloria no se lo hizo repetir, y dos días después, al ir al mercado, metió su carricoche, que guiaba su criado Celestino, en el cobertizo de Chicot, el caballo en la cuadra, y reclamó la comida prometida.
El hostelero, radiante, la trató como á una gran señora sirviéndole pollo, pierna de carnero, y tocino con coles; pero ella, sobria como pocas, apenas comió pues desde su infancia siempre había vivido con una sopa y una rebanada de pan con manteca.
Chicot harto contrariado insistió, pero tampoco bebía y hasta se negó á tomar café.
Entonces Chicot, no sabiendo ya qué intentar, le dijo:
—Una copita no se negará á tomarla...
—Á eso no se niega nadie...
—Rosalía—gritó Chicot con toda fuerza de sus pulmones.—Trae una botella del bueno, del superior...
Y la criada apareció trayendo una botella larga que adornaba una etiqueta verde. Una vez llenas dos copitas, el hostelero dijo:
—Pruebe esto, pruébelo, que no hay mejor.