Y la vieja empezó á beber á sorbitos para que el goce durase más. Cuando hubo apurado la copita, se relamió, diciendo luego:
—Efectivamente, es cosa buena.
Aún no había concluido de hablar cuando Chicot ya había llenado otra vez las copas. Ella quiso negarse, pero ya era tarde, y la segunda copita fué saboreada con la misma lentitud que la primera. Chicot quiso hacerle tomar la tercera, y para insistir dijo:
—Parece leche, y sin molestia ni riesgo, se pueden tomar diez ó doce. Eso pasa como si fuese agua con azúcar. Y no hace daño ni al vientre ni á la cabeza; parece que se evapora en la lengua. No hay nada mejor para la salud.
Como la vieja tenía ganas de beber, cedió, pero no quiso más que media copita.
Y Chicot, en un arranque de generosidad, exclamó:
—Puesto que le gusta, y para demostrarle que somos buenos amigos, voy á regalarle un barrilito.
La buena mujer lo aceptó y se fué un tanto trastornada.
Al día siguiente, el hostelero entró en casa de la tía Magloria y del fondo de su carricoche sacó un barrilito que rodeaban aros de hierro; quiso que probasen el contenido para demostrar que era lo mismo que habían bebido la víspera. Cuando hubieron tomado tres copitas cada uno, se fué diciendo:
—Cuando se acabe, no se acabará, puesto que yo tengo; y pida sin miedo de molestar. Se lo ofrezco con gusto, y quiero que acepte. Está dicho.