Y se alejó en su tílburi.
Cuatro días después volvió y encontró á la vieja, sentada á su puerta, y cortando el pan para la sopa.
Se acercó, la saludó y la habló, echándose casi encima de ella para sentir su aliento. Y como reconoció el olor á alcohol, su rostro se iluminó.
—¿Me ofrece usted una copita?—dijo.
Y tomaron dos ó tres.
Por el lugar se dijo pronto que la vieja Magloria se emborrachaba sola. Unas veces la encontraban tendida en la cocina, otras en el patio, algunas en los caminos de las cercanías, y era preciso llevarla á su casa inerte como un cadáver.
Chicot dejó de ir á su casa y cuando alguien le hablaba de la tía Magloria, decía tristemente:
—¿No es una vergüenza que á su edad haya adquirido tan mala costumbre? Y cuando se es viejo, no hay nada que hacer. Eso tarde ó temprano acabará mal.
Y acabó mal, con efecto, pues al invierno siguiente, allá, muy cerca de Navidad, cayó borracha perdida en la nieve, y murió.
Y Chicot, al tomar posesión de la alquería, murmuraba: