Y no se mueve, ni siquiera las besa. Únicamente dice:

—¡Qué crecidas están!

Levesque repite:

—¿Qué vamos á hacer?

Martín, perplejo, tampoco lo sabe. Al fin murmura:

—Yo haré lo que quieras, pues no pretendo causarte perjuicio. Con todo, es enojoso por la casa. Yo tengo dos hijos, tú tienes tres; pues á cada uno los suyos. Ahora bien, la madre ¿á quién pertenece? Yo aceptaré lo que decidas, pero la casa es mía pues mi padre me la dejó, porque nací en ella, y hay papeles en casa del notario.

La Martín sigue llorando y cubriéndose la cara con el delantal. Las dos mayores se han levantado, y con inquietud se fijan en su padre.

Éste acaba de comer y pregunta:

—¿Qué vamos á hacer?

Levesque tiene una idea.