—Es preciso ir á casa del cura. Él decidirá.

Martín se levanta, y su mujer, apoyando la frente en su hombro, murmura:

—¡Martín, mi pobre Martín!

Y Martín, emocionado, besa con respeto su blanca cofia. Los pequeños que están sentados en la chimenea, al ver que su madre llora, lloran también, y el que aún va en brazos, berrea de lo lindo.

Levesque espera de pie.

—Vamos,—dice—es preciso arreglar esto.

Martín se separa de su mujer, y ésta, dirigiéndose á las mayores, las dice:

—Besad á vuestro padre.

Las dos se acercan juntas, secos los ojos, y algo temerosas. Y después que él las ha besado en las mejillas, los dos hombres salen.

Al pasar por delante del café del Comercio, Levesque dice: