—Tú recordaras el collar de brillantes que me prestaste para ir al baile del Ministerio...

—Si, pero ¿qué?

—Pues bien, lo perdí,

—¿Cómo pudiste perderlo si me lo devolviste?

—Te devolví otro igual, y hemos tardado diez años en pagarlo. Como comprenderás, no era cosa fácil para nosotros, que no teníamos nada... En fin, ya pasó, y cree que estoy contentísima.

La señora de Forestier se había parado.

—¿Dices que compraste un collar de brillantes para reemplazar el mío?

—Sí, y no lo notaste porque las piedras eran exactamente iguales.

Y al hablar así sonreía con satisfacción inocente, y orgullosa.

La señora de Forestier, muy emocionada, la tomó las manos y murmuró: