La mujer de Loisel se emocionó. ¿Le hablaría? Sí, le hablaría, y ahora que lo había pagado todo le contaría lo ocurrido. ¿Por qué no había de hacerlo?
Y se acercó.
—Buenos días, Juana.
La otra, sin reconocerla, se extrañó de que aquella mujer tan modesta le hablase con tanta familiaridad, y balbució:
—Señora... no sé... pero sin duda se equivoca.
—No. Soy Matilde Loisel.
Su amiga no pudo contener un grito.
—¡Oh! Mi pobre Matilde... ¡Cuán cambiada estás!
—Sí, he pasado una época terrible, y desde que no te he visto he sufrido muchísimo... he pasado muchas miserias... y todo por ti.
—¡Por mí! ¿cómo es eso?