—Debías habérmelo devuelto antes—la dijo,—pues lo hubiese podido necesitar.
Y no abrió el estuche, que era lo que Matilde temía. Si hubiese advertido la substitución ¿qué hubiera dicho? ¿que hubiera pensado? ¿La hubiera confundido con una ladrona?
La mujer de Loisel conoció la horrible vida de los necesitados. Por lo demás, tomó heroicamente la determinación que era preciso tomar. Se tenía que pagar y se pagaría. Y se despidió á la criada, se dejó el cuarto que tenían y se fueron á vivir á una buhardilla.
Y ella supo lo que era trabajar y conoció las odiosas tareas de la cocina. Ella lavó los platos, dejando las uñas en los grasientos cacharros y en las cacerolas; ella lavó la ropa sucia, los trapos y las camisas que tendía en una cuerda; ella bajó la basura todas las mañanas y subió el agua deteniéndose á cada piso para tomar aliento; y vestida como una mujer de pueblo, fué á la frutería, á la tienda de ultramarinos, á la carnicería, con la cesta al brazo, regateando, y defendiendo su dinero céntimo á céntimo.
Todos los meses tenían que pagar letras y renovar otras para ir ganando tiempo.
Por las tardes, al salir de su oficina, su marido llevaba los libros á un comerciante y, muy frecuentemente, por la noche copiaba escrituras á veinticinco céntimos la página.
Y esta vida duró diez años, terminados los cuales lo habían restituido todo, con los intereses usurarios y la acumulación de los intereses compuestos.
La mujer de Loisel parecía vieja. Pero era la mujer fuerte, dura y ruda de los hogares pobres. Mal peinada, y con la modesta falda recogida, hablaba recio y fregaba el pavimento con jabón y un estropajo; pero á veces, cuando su marido estaba en la oficina, se sentaba junto á la ventana y pensaba en el baile aquél donde había triunfado por su hermosura y tan festejada se había visto.
¿Qué hubiera sucedido si no hubiese perdido el collar? ¡Quién sabe! ¡Qué singular y cambiadiza es la vida! ¡Cuán poca cosa se necesita para perderse ó salvarse!
Ahora bien, un domingo que había ido á pasear por los Campos Elíseos para distraerse un poco de los quehaceres de la semana, vió á una señora que llevaba á un niño de la mano. Era su amiga, la señora de Forestier, siempre joven, siempre hermosa, siempre seductora.