Al cabo de una semana perdieron las esperanzas, y Loisel, que había envejecido lo indecible, dijo:

—Es preciso que pensemos en comprar otro collar.

Y á partir del día siguiente, con el estuche que lo había guardado, se dirigieron á casa del joyero cuyo nombre estaba impreso en el raso. Éste consultó sus libros y dijo:

—Señora, no fuí yo quien vendió el collar: sólo vendí el estuche.

Entonces empezaron á recorrer joyerías, buscando un collar igual al otro, consultando sus recuerdos, y enfermos los dos de pesar y de angustia.

En una tienda del Palais-Royal encontraron un rosario de brillantes que les pareció exactamente igual al que buscaban, y aun cuando valía cuarenta mil francos, después de mucho regatear lograron que se lo dejasen en treinta y seis mil.

Suplicaron al joyero que no lo vendiese antes de tres días, y pusieron por condición que, si el primero se encontraba, se lo devolverían por treinta y cuatro mil francos.

Loisel poseía dieciocho mil francos que sus padres le habían dejado, y tomó prestado lo que faltaba.

Y fué pidiendo mil francos á uno, quinientos á otro, cinco luises por aquí, tres por allí, firmó letras, contrajo compromisos ruinosos, trató con usureros y con toda clase de prestamistas, y comprometió el fin de su existencia arriesgando su firma sin saber siquiera si podría hacerle honor; y asustado por las angustias del porvenir, por la negra miseria que le amenazaba, la perspectiva de todas las privaciones físicas y de todas las torturas morales, fué á buscar el collar nuevo dejando en el mostrador del joyero treinta y seis billetes de mil francos.

Cuando Matilde llevó el collar á su amiga, la señora de Forestier la recibió muy fríamente.