La mujer respondió:
—El cura dice que está agonizando y que no pasará la noche.
Y los dos entraron en la casa.
Después de haber cruzado la cocina entraron en la habitación, pequeña y obscura, iluminada por la luz que entraba por un ventanillo ante el cual colgaba un harapo de percal normando. Las grandes vigas del techo, ennegrecidas por el tiempo y por el humo, cruzaban la habitación de parte á parte, sosteniendo el delgado pavimento del granero por el que corrían, día y noche, verdaderas manadas de ratas.
El piso, desigual y húmedo, parecía grasiento, y en el fondo, la cama formaba una mancha vagamente blanca. Ruido ligero, ronco, una respiración dura, que silbaba como un estertor y producía un gorgoteo semejante al del agua en una bomba rota, salía de aquel lecho tenebroso donde agonizaba un viejo, el padre de la campesina.
El hombre y la mujer se acercaron y miraron al moribundo con mirada plácida y resignada.
El yerno dijo:
—Por esta vez, todo ha concluido; ni siquiera llegará á la noche.
La mujer contestó:
—Así ronca desde mediodía.