Y luego se callaron. El padre tenía los ojos cerrados, el rostro de color de tierra, y estaba tan flaco que parecía de madera. La entreabierta boca daba paso al aliento desigual y duro, y á cada aspiración, la sábana, de tela gris, se alzaba sobre su pecho.
El yerno, después de un largo silencio, dijo:
—No hay más que dejarle acabar, pues no podemos hacer nada. De todos modos, es una contrariedad pues el tiempo es bueno y mañana convendría cortar las colzas.
Su mujer se inquietó al oir esto, y, después de haber reflexionado unos instantes, murmuró:
—Ya que se tiene que morir, no le enterraremos hasta el sábado y mañana podrás dedicarte á las colzas.
—Sí, pero mañana será preciso que invite para el entierro, y para ir de Tourville á Manechot necesito cinco ó seis horas.
La mujer se quedó pensativa por espacio de dos ó tres minutos y luego dijo:
—No son más que las tres y podrías empezar esta tarde á recorrer la parte de Tourville. Como apenas tiene para unas horas, puedes decir que ha muerto.
Quedóse el hombre algo perplejo pesando las consecuencias y las ventajas de la idea. Al fin dijo:
—Bueno, pues voy.