Se disponía á marcharse, pero después de un instante de vacilación volvió para añadir:
—Puesto que no tienes nada que hacer, prepáralo todo y haz cuatro docenas de morcillas para los que vengan al entierro. Preciso será darles algo. El horno lo encenderás con la leña que hay en el cobertizo. Está seca.
Salió de la habitación, entró en la cocina, sacó del armario un pan de seis libras del que cortó una rebanada con mucho cuidado, y recogiendo en la palma de la mano las migas que habían caído sobre la mesa, se las metió en la boca para que no se perdiese nada. Tomó luego un poco de manteca salada, la extendió sobre el pan con la punta de su cuchillo, y se puso á comer lentamente, como lo hacía todo.
Luego cruzó el patio, hizo callar al perro que ladraba de nuevo, y llegando al camino por un sendero, se alejó con dirección á Tourville.
Al quedarse sola, la mujer se puso á trabajar. Abrió un saco de harina y empezó á amasar la pasta para las tortas dándole vueltas y más vueltas hasta que la convirtió en una bola amarillenta que dejó á un lado, encima de la mesa.
Fué luego á buscar manzanas, y para no estropear el árbol se encaramó en una banqueta: escogió las frutas con cuidado para sólo arrancar las maduras, y fué colocándoselas en el delantal.
Desde el camino una voz le gritó:
—¡Eh!
Volvió la cabeza y vió á un vecino, el alcalde, que volvía de cuidar sus tierras, y le respondió:
—¿Qué se le ofrece?