—Y el padre ¿cómo está?
—Casi muerto. El sábado á las siete es el entierro porque las colzas dan prisa.
El vecino replicó:
—Entendido y buena suerte. Que lo pase usted bien.
Y correspondiendo á la fineza, la mujer gritó:
—Gracias; lo mismo digo.
Y continuó cogiendo manzanas.
Al entrar en la casa fué á ver á su padre creyendo que ya le encontraría muerto, pero desde la puerta oyó el monótono estertor, y juzgando inútil acercarse á la cama, empezó á preparar las tortas.
Una á una fué envolviendo las manzanas en una hoja de fina pasta, y las alineó al borde de la mesa. Cuando hubo hecho cuarenta y ocho bolas, descolgó las morcillas y luego empezó á preparar la cena. Colgó el puchero para hacer cocer patatas, y pensó que estaba de más encender el horno pues tenía todo el día siguiente para terminar los preparativos.
Su marido, cuando volvió á eso de las cinco, preguntó desde la puerta.