—¿Ha muerto?

—Todavía no. Sigue roncando.

Fueron á verle, y encontraron al viejo en el mismo estado que horas antes. Su ronca respiración, entonces regular como el movimiento de un reloj, ni se había apresurado ni disminuido. Se repetía por segundos, y sólo variaba de tono según el aire que había entrado en sus pulmones.

Su yerno le miró y dijo:

—Acabará sin darse cuenta de ello, como una vela...

Entraron en la cocina, y sin decir palabra se pusieron á comer. Cuando hubieron engullido la sopa comieron una tostada con manteca, y, lavados los platos, volvieron á la habitación del agonizante.

La mujer, que llevaba en la mano una lamparilla fumosa, la paseó por delante del rostro de su padre. Y seguramente, si no hubiese respirado, se le hubiera creído muerto.

La cama de los campesinos estaba oculta al otro extremo de la habitación, en una especie de nicho; y se acostaron sin hablar, apagaron la luz y cerraron los ojos. Y muy pronto dos ronquidos distintos, profundo uno y agudo otro, acompañaron el continuo estertor del moribundo.

Por el granero corrían las ratas.

Cuando el marido despertó, al despuntar el alba, su suegro vivía aún. Inquieto por la resistencia del viejo sacudió á su mujer y la dijo: