—Oye, Filomena, no quiere acabar. ¿Qué opinas?

Ella, que tenía fama de pensar con acierto, respondió:

—Es seguro que no concluirá el día. No hay que temer nada pues el alcalde no se opondrá á que se le entierre mañana, como no se opuso á que se enterrase al padre de los Renard que murió en tiempo de siembra.

La evidencia del razonamiento le convenció y se fué al campo.

Á medio día el viejo no había muerto aún, y los hombres que se había alquilado para la recolección de colzas, fueron en masa á contemplar al anciano que tan agarrado estaba á la vida. Y cuando cada uno hubo dado su parecer, volvieron á su trabajo.

Á las seis, cuando volvieron, el padre respiraba todavía; y el yerno se asustó.

—Y ¿qué hacemos ahora, Filomena, qué hacemos?—dijo.

Ella tampoco sabía qué pensar. Fueron á ver al alcalde, y éste prometió que cerraría los ojos y daría el permiso para que se le enterrase al día siguiente. También se comprometió, todo por complacer á Chicot, á conseguir que se firmase el acta de defunción con fecha anterior, y así, el hombre y la mujer se fueron tranquilos.

Se acostaron y durmieron como la víspera, uniendo sus ronquidos sonoros al estertor, más débil á cada momento, del anciano.

Cuando despertaron, vivía aún.