Entonces se miraron aterrados. De pie, junto al lecho del padre, le contemplaban con desconfianza, como si les estuviese gastando una broma pesada, engañándoles, contrariándoles por gusto, y casi le guardaban rencor por el tiempo que les hacía perder.
El yerno preguntó:
—Bueno, y ahora ¿qué hacemos?
Ella, que tampoco lo sabía, contestó:
—¡Es una contrariedad!
Y como no se podía avisar á los invitados que iban á llegar de un momento á otro, decidieron esperarles para referirles lo ocurrido.
Á eso de las siete aparecieron los primeros: las mujeres, vestidas de negro, con la cabeza cubierta con enorme capucha, y muy triste la cara; los hombres, cohibidos con sus chaquetas de paño, avanzaban dos á dos y hablaban de sus asuntos.
Chicot y su mujer les recibieron entre desolados y confundidos, y los dos á un tiempo abordaron al primer grupo y se pusieron á llorar. Explicaban su aventura y referían su situación, ofreciendo sillas, agitándose, excusándose y queriendo probar que otros hubieran hecho lo mismo en su caso, y hablaban tanto, que ni siquiera dejaban tiempo á los otros para que les contestasen.
Iban de uno á otro repitiendo:
—Nunca lo hubiéramos creído. ¡Mentira parece que dure tanto!