Los invitados, sin saber qué decir y contrariados como quien pierde una ceremonia esperada, se sentaban ó permanecían de pie sin acertar con lo que debían hacer. Algunos quisieron irse, pero Chicot les obligó á quedarse diciendo:

—De todos modos tomaremos algo. Teníamos comida preparada y hay que aprovecharla.

Al oir estas palabras todos los rostros se iluminaron. El patio se iba llenando, y los que habían llegado primero daban la noticia á los que venían después. Se hablaba bajo, pero la idea de tomar algo alegraba á todo el mundo.

Las mujeres entraron para ver al moribundo. Al llegar junto á la cama se persignaban, murmuraban una oración y luego salían. Los hombres, con menores deseos de contemplar el espectáculo, miraban por la ventana.

La mujer de Chicot explicaba la agonía.

—Hace dos días que está así, ni más mi menos. ¿Verdad que parece una bomba de agua?

Cuando todos hubieron visto el agonizante se pensó en la colación, pero como no cabían en la cocina, se sacó una mesa al patio. Las cuatro docenas de manzanas vestidas, dispuestas en dos grandes platos, y una pirámide enorme de morcillas, atraían todas las miradas, y pronto los brazos se extendieron con cierta precipitación que envolvía el temor de que no hubiese bastantes para todos. Pero aun quedaron cuatro.

Chicot, con la boca llena, dijo:

—Si el padre nos viese, sufriría lo indecible, pues le gustaban mucho.

Un campesino muy gordo y muy jovial contestó: