—Ya no comerá más. Á cada uno su turno.

Esta reflexión, lejos de entristecer á los invitados, pareció que les alegraba, pues les correspondía el turno y ellos eran los que comían.

La mujer de Chicot, desolada al pensar en el gasto, iba al cillero constantemente para buscar sidra; los jarros se sucedían á los jarros y todos se vaciaban.

De pronto, una campesina vieja que se había quedado junto al moribundo, retenida por el miedo de que aquello le sucediera pronto, apareció en la ventana y gritó con voz aguda.

—¡Ha muerto! ¡Ha muerto!

Todos callaron y las mujeres se pusieron con presteza en pie para ir á verlo.

Efectivamente, había muerto. El estertor había cesado, y los hombres, algo molestos, se miraron. Aun no habían concluido las morcillas... ¡También había sido poco oportuno para escoger el momento!

Los Chicot, ya no lloraban, y ya que había lanzado el último suspiro, estaban tranquilos y repetían:

—Si nosotros sabíamos que no podía durar, pero si se hubiese decidido esta noche, no hubiera molestado inútilmente á tanta gente.

En fin, todo había concluido: se decidió que se le enterraría el lunes, y que con este motivo volverían á comer manzanas y morcillas.