—Es preciso hacerla andar,—dijo uno.

Á lo que ella exclamó:

—No puedo, señores, no puedo.

Entonces la cogieron, la levantaron, y la arrastraron algunos metros; pero se les escapó de las manos y se desplomó en el suelo dando gritos espantosos hasta que la volvieron á llevar á su asiento tomando infinitas precauciones.

Y dictaminaron muy discretamente; mas, declararon que estaba imposibilitada para trabajar.

Cuando Héctor dió esta noticia á su mujer, ella se dejó caer en una butaca murmurando:

—Más valdría que la tuviésemos aquí: nos costaría menos.

Él dió un salto.

—¡Tenerla aquí!—exclamó.—¿Eso piensas?

Pero ella, resignada á todo, y con los ojos llenos de lágrimas, respondió: