La vieja escuchaba sin moverse y mirándoles maliciosamente.

Y así pasaron ocho días, y luego quince, y un mes sin que la vieja se levantase de la butaca. Comía todo el día, engordaba, charlaba alegremente con los otros enfermos, y parecía acostumbrarse á la inmovilidad como si la hubiese ganado sobradamente con sus cincuenta años de subir y bajar escaleras, revolver colchones, subir carbón y agua, barrer suelos y cepillar alfombras.

Héctor, desesperado, iba á verla todos los días y siempre la encontraba lo mismo, tranquila y serena, y diciendo:

—No puedo moverme, mi pobre señor, no puedo.

Y todas las noches, devorada por la angustia, la mujer de Héctor le preguntaba:

—¿Y la vieja Simón?

Y él, con desesperado abatimiento, respondía:

—Lo mismo, siempre lo mismo.

Despidieron á la criada, pues no podían sostenerla, se hicieron mayores economías, y la gratificación anual desapareció.

Entonces Héctor reunió á cuatro médicos eminentes para que reconociesen á la vieja. Ella, mirándoles con malicia, se dejó examinar y palpar cuanto quisieron.