—No es nada; esa pobre mujer está mejor y dentro de tres días estará completamente restablecida. La he enviado á una casa de salud; no es nada.
¡No es nada!
Al día siguiente, al salir la oficina, fué á verla y la encontró tomando una taza de caldo. Parecía satisfecha y contenta, y Héctor le preguntó:
—¿Cómo está?
—¡Oh! mi buen señor, nada bien: estoy como ayer y parezco aniquilada. No hay mejoría, no hay mejoría...
El médico dijo que era preciso esperar pues podía presentarse cualquier complicación.
Esperó tres días y volvió á verla. La mujer tenía la piel fresca, los ojos claros, pero en cuanto vió á Héctor se puso á gemir.
—¡Oh! mi pobre señor, no puedo moverme, no puedo. Así estaré hasta el fin de mi vida.
Héctor se estremeció y dirigió mil preguntas al médico, que levantó los brazos al cielo.
—Qué quiere usted que le diga,—contestó.—Yo no puedo decir más que cuando se la quiere levantar chilla como una condenada. Ni siquiera se puede cambiar de sitio su butaca sin que grite desesperadamente. Yo tengo que creer lo que me dice, pues no estoy en su pellejo, y mientras no la vea andar no puedo suponer que miente.