—¿Sufre usted mucho?
—¡Oh! Sí.
—¿Dónde?
—Algo así como si tuviese fuego en el pecho.
Un médico se acercó.
—¿Es usted el autor del accidente?
—Sí, señor.
—Convendría enviar á esta mujer á una casa de salud. Sé de una donde podría estar por seis francos diarios. ¿Quiere usted que me encargue de todo?
Héctor, encantado, le dió las gracias, y algo más tranquilo se dirigió á su casa.
Su mujer le esperaba llorando á lágrima viva, pero él la tranquilizó diciendo: