Una sacudida terrible le hizo pasar como una bala por encima de las orejas de su corcel, y cayó en los brazos de un agente que había salido á su encuentro.
En un segundo se formó á su alrededor un grupo que gesticulaba y vociferaba furiosamente. Especialmente un señor viejo, un señor que llevaba una condecoración redonda y grande y largos bigotes blancos, parecía exasperado. No hacía más que repetir:
—¡Ira de Dios! cuando se es torpe hasta ese extremo se queda uno en casa, y cuando no se sabe montar, no se sale á matar gente de este modo.
Cuatro hombres, aparecieron, llevando á la vieja; y la vieja con su rostro amarillento, la cofia de través y llena de polvo, parecía muerta.
—Que lleven á esta mujer á una farmacia,—ordenó el señor viejo—y nosotros vamos á la comisaría de policía.
Héctor se puso en marcha entre dos agentes. Otro llevaba su caballo de la brida y un grupo inmenso les seguía, cuando apareció el coche con la familia del infortunado jinete. Su mujer corrió hacia él, la criada perdió la cabeza, y los chiquillos empezaron á llorar. Héctor les explicó que volvía al punto, pues aunque había derribado á una mujer, la cosa no tenía importancia.
En la comisaría la explicación fué corta. Dió su nombre, Héctor de Gribelin, empleado en el Ministerio de Marina, y esperaron noticias de la atropellada. Un agente las trajo. Había recobrado el conocimiento pero se quejaba de terribles dolores internos. Era una mujer de setenta y cinco años, de apellido Simón, que ejercía el oficio de asistenta.
Cuando supo que no estaba muerta, Héctor recobró la esperanza y prometió pagar los gastos que su curación exigiese. Luego corrió á casa del farmacéutico.
La muchedumbre se agrupaba á la puerta, y la buena mujer, sentada en una butaca, con las manos inertes y embrutecido el rostro, gemía desesperadamente. Dos médicos la examinaban. No tenía ningún hueso roto, pero temían una complicación interna.
Héctor le preguntó: