Locura de movimiento y embriaguez de vida parecía agitar á aquella masa formada por seres humanos, coches y caballos... Y el Obelisco, á lo lejos, se erguía como enorme columna de oro.

El caballo que Héctor montaba, pareció lleno de nuevo ardor, y en cuanto hubo pasado el Arco de Triunfo partió al trote largo, á pesar de las tentativas que para contenerle hacía su jinete, y dirigiéndose hacia la cuadra.

El coche se había quedado atrás, muy lejos, y al llegar frente al gran Palacio, el animal, que vió campo abierto, torció á la derecha y se puso á galopar.

Una mujer vieja que llevaba un gran delantal cruzaba el arroyo tranquilamente y cortaba el paso á Héctor cuyo caballo avanzaba á galope tendido. Viéndose impotente para dominar al bruto, empezó á gritar con todas sus fuerzas.

—¡He! ¡He!

La mujer debía ser sorda pues continuó andando tranquilamente hasta el momento en que, al chocar con el pecho del caballo que avanzaba con velocidad de locomotora, rodó á diez metros, cayendo con la falda al aire después de haber dado tres volteretas.

Muchas voces gritaron:

—¡Detenedle!

Héctor, enloquecido, se agarraba á las crines gritando:

—¡Socorro! ¡Socorro!