Todas las miradas estaban fijas en Héctor que montaba á la inglesa exagerando los movimientos. Apenas caía en la silla que se alzaba como si fuese á volar por el espacio, y á veces parecía que se iba á agarrar á las crines; y tenía los ojos fijos, el rostro crispado y las mejillas pálidas.
Su mujer, que tenía sobre las rodillas á uno de los niños, y la criada que llevaba el otro, repetían sin cesar:
—Mira á papá, mira á papá.
Y los pequeños, embriagados por el movimiento, la alegría y el aire libre, daban gritos agudísimos. El caballo, asustado con los clamores, acabó por galopar, y el jinete, haciendo esfuerzos para contenerle, perdió el sombrero. Preciso fué que el cochero se apease del pescante para recogerlo, y cuando Héctor lo hubo recobrado le gritó á su mujer:
—No permitas que los chicos griten así. Este animal acabará por desbocarse.
Almorzaron en el césped, en lo más agreste del bosque del Vesinet, y con las provisiones que habían llevado en cestos.
Por más que el cochero cuidaba de los caballos, Héctor se levantó muchas veces para ver si al suyo le faltaba algo, y le daba palmaditas en el cuello ofreciéndole pan, galletas y azúcar en la palma de la mano.
—Es un excelente trotón—dijo.—En los primeros momentos me ha sacudido un poco, pero no he tardado en recobrar mis facultades. Ha visto que yo era el más fuerte, y no hay cuidado de que se mueva.
Como se había dicho, volvieron por los Campos Elíseos.
Los coches hormigueaban en la vasta avenida, y por los lados los paseantes estaban en número tan grande que semejaban dos largas cintas negras tendidas desde el Arco de Triunfo hasta la plaza de la Concordia. Un diluvio de sol caía sobre la muchedumbre haciendo centellear el charol de los carruajes, el acero de los arneses y el níquel de las portezuelas.