Con efecto, el cielo azul aparecía inundado de luz.

Soñadores y tristes echaron á andar uno junto á otro hasta que Morissot dijo: «¿Y la pesca? ¡Eh! ¡Qué hermoso recuerdo!».

Sauvage preguntó:

—¿Cuándo volveremos?

Entraron en un cafetín, tomaron un ajenjo, y echaron á andar de nuevo por las aceras.

Morissot se detuvo para decir:

—¿Otro ajenjo? y como Sauvage aceptase, entraron en una taberna.

De ella salieron aturdidos como quien tiene el vientre lleno de alcohol. El tiempo era bueno, y brisa agradable les acariciaba el rostro.

Sauvage, á quien el aire templado había concluido de embriagar, se detuvo.

—Si fuésemos...—dijo.