—¿Á dónde?
—Pues á pescar.
—Pero ¿dónde?
—Á nuestra isla. Las avanzadas francesas están cerca de Colombes, y como yo conozco al coronel Dumoulin nos dejarán pasar sin ningún inconveniente.
—Vamos—contestó Morissot temblando de deseos: y se separaron para ir á buscar sus utensilios.
Una hora después andaban uno junto á otro por la carretera real y por ella llegaron al pueblo donde estaba el coronel, quien sonriendo al oir la petición, no tuvo ningún inconveniente en satisfacerla. Y en cuanto les hubieron dado un salvo conducto y el santo y seña, reanudaron la marcha.
No tardaron en llegar á las avanzadas, cruzaron Colombes, completamente abandonado, y se encontraron en los viñedos que llegaban hasta el Sena. Serían las once.
En frente, Argenteuil parecía muerto. Las alturas de Orgemont y de Sannois dominaban todo el país, y la llanura que se extiende hasta Nanterre estaba vacía, completamente vacía, con sus desnudos cerezos y sus tierras grises.
Sauvage señaló las altas colinas y murmuró:
—Los prusianos están allí.