Y ante el desierto paisaje, extraña inquietud paralizó á los dos amigos.

¡Los prusianos! Nunca los habían visto, por más que desde hacía un mes los sentían alrededor de París, arruinando á Francia, pillando, matando, sembrando el hambre, invisibles y todopoderosos. Y cierto terror supersticioso se unió al odio que sentían para aquel pueblo desconocido y victorioso.

Haciendo un esfuerzo, Morissot consiguió articular:

—¡Si los encontrásemos!

Sauvage, con esa ironía parisiense que á pesar de todo aparece en todas las ocasiones, respondió:

—Pues les ofreceríamos una fritada.

Con todo, intimidados por el silencio, vacilaron antes de aventurarse por los campos.

Al fin Sauvage se decidió y dijo:

—Vamos, en marcha, pero con precaución.—Y por una viña bajaron casi á gatas, ocultándose tras las matas, con la mirada inquieta y alerta el oído.

Para llegar á la orilla del río sólo les faltaba cruzar un franja de tierra desnuda, y la cruzaron corriendo ocultándose en los secos cañaverales en cuanto hubieron llegado junto al agua.