Morrisot pegó el oído á tierra para escuchar si alguien andaba por aquellas cercanías y no oyó nada: estaban solos, perfectamente solos.
Se tranquilizaron y se pusieron á pescar.
Frente á ellos, la isla Marante impedía que les viesen desde la orilla opuesta, y la casa del restaurant estaba cerrada y parecía abandonada desde hacía algunos años.
Sauvage cogió el primer pescado, Morissot el segundo, y á cada momento levantaban las cañas con un animalito plateado que daba coletazos, colgado al extremo del hilo: una verdadera pesca milagrosa.
Metían delicadamente los peces en una red de finas mallas que se hundía en el agua á sus pies, y deliciosa alegría les penetraba, esa alegría que se experimenta cuando se encuentra el goce de que por espacio de mucho tiempo se ha estado privado.
El sol les calentaba las espaldas y no oían nada, no pensaban nada, ni nada en el mundo les preocupaba: pescaban.
De pronto, ruido sordo que parecía venir de bajo tierra hizo temblar el suelo, y el ruido del cañón se volvió á oir.
Morissot volvió la cabeza, y á lo lejos y á la izquierda distinguió la gran silueta del Mont-Valérien que lucía en su frente una pluma blanca, penacho formado con el humo de la pólvora que acababa de vomitar.
Inmediatamente después una segunda columna de humo salió de la cumbre de la fortaleza y no tardó en oirse una nueva detonación.
Luego siguieron otras y otras y la montaña lanzaba su mortífero aliento despidiendo vapores lechosos que lentamente se iban elevando hacia el tranquilo cielo y formaban una nube encima de ella.