Sauvage se encogió de hombros, y dijo:
—Ya empiezan otra vez.
Morissot, que tenía clavados los ojos en la pluma de su flotador, se sintió poseído de repentina cólera contra los que de tal modo cañoneaban, y murmuró:
—¡Preciso es ser muy bruto para matarse así!
—Eso es ser peor que las bestias—dijo Sauvage.
Y Morissot, que acababa de coger un pez grande, añadió:
—Y siempre sucederá lo mismo mientras haya gobiernos.
—La República no hubiera declarado la guerra—interrumpió Sauvage.
—Con reyes se tiene la guerra fuera; con la República dentro—dijo Morissot sentenciosamente.
Y empezaron á discutir y á resolver los graves problemas políticos con el sano juicio de hombres de cortas luces, poniéndose de acuerdo para llegar á esta conclusión: que la humanidad no será nunca libre. Y el Mont-Valérien seguía vomitando hierro, derribando á cañonazos casas francesas, segando vidas, aplastando seres, cortando ensueños, alegrías, felicidades esperadas y deseadas, y abriendo en el corazón de las mujeres, madres, esposas y amantes, heridas que nunca más se habrían de cerrar.