—Así es la vida—dijo Sauvage para concluir.
—Mejor sería decir: así es la muerte,—replicó Morissot.
Y los dos se estremecieron asustados al oir que alguien andaba detrás de ellos. Y al volver la cabeza vieron á cuatro hombres de pie, cuatro hombres grandes, armados y barbudos, vestidos como criados, llevando á la cabeza grandes gorras planas y separados lo preciso para poder mover libremente los fusiles.
Las cañas se les cayeron de las manos y echaron á correr río abajo.
No tardaron en ser alcanzados, y los otros, metiéndoles en una barca, les llevaron á la isla.
Detrás de la casa que habían creído abandonada vieron alineados á veinte soldados alemanes.
Una especie de gigante velludo que fumaba sentado á horcajadas en una silla, les preguntó en muy buen francés:
—Y bien, señores, ¿han pescado mucho?
Uno de los soldados dejó á los pies del oficial la red repleta de pescados. El prusiano sonrió.
—Ya veo que la cosa no iba mal—repuso—pero aquí no se trata de eso. Óiganme y no se azoren. Para mí, ustedes son dos espías que me acechaban. Les cojo y les fusilo, pues lo de la pesca era una combinación para disimular sus proyectos. Han caído en mis manos, y como estamos en guerra, tanto peor para ustedes. Con todo, como para llegar hasta aquí les habrán dado el santo y seña, si me lo comunican les perdonaré.